Charla con Fernando Aleu

Roca Editorial -

Desde la cafetería del actual hotel Palace de Barcelona, uno de los escenarios importantes en El intercambio, nos sentamos con Fernando Aleu a tomarnos una infusión y un zumo de naranja para revivir con él los entresijos de su primera novela y disfrutar de sus descripciones casi cinematográficas de una época fascinante.


El intercambio arranca de un recuerdo personal. ¿Cómo fue que presenció un hecho histórico como este?
Acababa de cumplir 14 años y nadaba en el Club Natación Barcelona. Nos entrenábamos de noche porque de día íbamos a la escuela, pero un día, al llegar, nos paró un guardia civil y nos dijo que no podíamos pasar porque al día siguiente el puerto iba a estar cerrado, aunque no sabía por qué. ¡Aquello fue el estímulo de la fruta prohibida! Tuvimos claro que teníamos que investigar qué iba a pasar en el puerto, así que con un amigo decidimos subir a Montjuïc con unos prismáticos. Al principio no pasaba nada, pero súbitamente un barco enorme, blanco, fondeó en la bocana. Al cabo de cinco minutos, otro. Y luego, otro. Y luego, otro. Con remolcadores fueron hacia el muelle de España, que permitía el atraque simultáneo de cuatro buques grandes, separados por un tinglado donde estaba la zona neutral. A un lado estaban los barcos alemanes y, en el otro, los barcos ingleses. Y el intercambio se celebraba en el centro, donde estaba la Cruz Roja Suiza. El tema de la novela es que uno de esos soldados intercambiados tiene una amante en Barcelona y ella quiere que se quede en España. No solamente porque es su amante, sino porque es judío y si vuelve a Alemania es posible que tenga problemas. 

Más allá de el intercambio de prisioneros, la novela también describe muy bien una parte de la sociedad de la época. ¿Cómo era Barcelona entonces?
En aquel momento, Barcelona, con relación a España, era mucho más fascinante que ahora porque era la ciudad más internacional. Tenía una vida canalla extraordinaria, tenía una actividad teatral brillante, no había televisión y los teatros funcionaban tarde y noche, había comedias y revistas... siempre con las salas llenas. La gente iba a bailar donde había buenas orquestas porque no tenían música en casa. 

Háblenos de esas orquestas...
El hotel Ritz [ahora hotel Palace] estaba exactamente igual. Abajo había un salón pequeñito llamado La Parrilla en el que tocaba una orquesta francesa de refugiados judíos llamada Bernard Hilda [y que os invitamos a escuchar aquí]. Era una orquesta que llegó casi por caridad, porque el director del hotel los aceptó, y triunfó, pero no solo ese año. ¡Los músicos venían para una semana y estuvieron cinco años! Todas las radios de España querían conectarse con La Parrilla para retransmitir su música, que era una música de baile distinta. En la novela, uno de los pianistas es amigo de uno de los prisioneros judío y contribuye a organizar la trama junto con la amante para que la cosa funcione. Pero había más. En Rigat, que es donde está ahora El corte inglés, había una orquesta holandesa extraordinaria llamada Boyd Bachmann [la podéis escuchar aquí]. ¡Era fantástica! Y la gente bailaba como loca. En Bolero, que estaba en Rambla Catalunya 24, delante de la Casa del libro, había una orquesta que tuvo mucho éxito aquí que se llamaba Gran Casino. Luego estaba Bonet de San Pedro y los 7 de Palma, Martín de la Rosa... Y cada orquesta tenía un estilo. También podías ir al Gran Price... Había mucho ambiente, mientras que España estaba en la miseria. El Ritz se hacía su propia luz con un grupo electrógeno y cuando entrabas aquí parecía que entrabas en la gloria. 

Y con todos esos ingredientes, surgió la historia de El intercambio. ¿Qué otros elementos destacaría de la novela?
Diría que es una historia humana y en lo humano entra el amor, los celos, la amistad, el odio, la crueldad, el perdón, la abnegación y la redención. Sobre la estructura del intercambio de prisioneros se han construido áticos y sobreáticos que tienen un interés variopinto de emociones distintas en las que juegan sexualidades distintas, que no son ni blanco ni negro, una crueldad importante, una abnegación también importante, y el deseo que todos tenemos más o menos genuino de redimirnos. 

¿Cómo fue que decidió escribir esta historia?
Mi nieta Anna, una chica que siempre demuestra una gran curiosidad, después de cenar en mi casa de Boulder, me preguntó qué recordaba de mi vida que me hubiera impresionara de verdad. No sé por qué, pero se me ocurrió contarle la historia de aquel día en Barcelona, cuando se produjo el intercambio de prisioneros de guerra que yo vi desde lo alto de Montjuïc. Luego añadí que también me impresionó muchísimo mi visita al Hotel Ritz, cuyo director en los años cuarenta era don Ramón Tarragó, que estaba emparentado con la familia Pascual, la familia de mi madre. Los alemanes que acudieron a Barcelona para aquel intercambio ocupaban casi el hotel entero. El ambiente internacional del momento en aquella casa contrastaba enormemente con la penuria reinante en Barcelona. A mi nieta le pareció todo muy interesante y me sugirió escribir sobre ello. Entonces la idea quedó en el armario, pero la retomé tiempo después. 

Lo de escribir es otra aventura más en una vida fascinante. Cuéntenos como un joven de Barcelona termina siendo médico en Estados Unidos y, más tarde, perfumista.
Yo estaba en Estados Unidos estudiando medicina. Cuando me afeitaba me ponía un poco de Agua Lavanda Puig, que encantaba a mi compañero de habitación y a otros amigos. Me pidieron si podían usarla, dije que sí, hasta que se acabó. Mi madre me mandó entonces dos botellas más y la colonia se hizo muy popular entre los jóvenes de mi fraternity. Por eso, cuando se nos volvió a acabar me puse en contacto con la compañía y me contestó Mariano Puig, uno de los hijos de Antonio Puig, anunciándome que en unos días iba a estar en Los Ángeles. Después de muchos titubeos decidimos montar una compañía para distribuir la colonia en Estados Unidos. Yo pretendía llevar la empresa y ejercer la medicina al mismo tiempo, pero no fue posible y elegí lo comercial. 

Y así es como entraron en su historia nombres como Pertegaz, Paco Rabanne y, sobre todo, Carolina Herrera. 
Conocí a Carolina Herrera al principio de la década de los ochenta como resultado de una metedura de pata colosal por mi parte. Pero no acabó mal y ocurrió en un momento muy oportuno. Carolina estaba en fase de negociación avanzada con Revlon para lanzar su primer perfume, y conseguimos ‘meterles un gol. La deliciosa fragancia del primer perfume Carolina Herrera creado por ella inició una larga, exitosa, y placentera colaboración. Yo la acompañé en casi todas sus personal appearances y fue así como surgió entre nosotros una amistad genuina y de la que me siento orgulloso.

No nos cansamos de decirlo, la historia de Fernando Aleu es tan fascinante como la de su novela El intercambio. Así que antes de acabar, os dejamos también su saludo en forma de vídeo. 


Como siempre, esperamos haberos dejado con ganas de más y os invitamos a leer los primeros capítulos de la novela aquí.

¡Feliz lectura!

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